Cuando la ciencia no responde: creencias, dudas y necesidad de sentido

Comprender una creencia no significa compartirla: una reflexión sobre el terraplanismo, las teorías alternativas y las necesidades humanas que pueden existir detrás de ellas.

Ilustración conceptual sobre ciencia, creencias, conspiraciones, pertenencia y la búsqueda humana de sentido
Comprender una creencia no significa compartirla.

El progreso científico de las últimas décadas nos ha llevado a cotas de conocimiento que, hasta hace relativamente poco, habrían resultado inimaginables. Hemos aprendido a observar galaxias situadas a miles de millones de años luz, a describir el comportamiento de partículas subatómicas y a reconstruir procesos que ocurrieron mucho antes de que existiera nuestra especie.

Sin embargo, paralela a esa acumulación de conocimiento y certezas empíricas, parece discurrir una paradoja cada vez más evidente: cuanto más explicamos el cosmos mediante leyes físicas e interacciones probabilísticas, más reducido puede parecer el espacio para aquellas narrativas que sitúan al ser humano en un lugar especial dentro de la realidad.

En este contexto, cabe preguntarse si fenómenos como el terraplanismo, todavía presente en pleno 2026, responden únicamente a un déficit de información. O si, en algunos casos, pueden estar relacionados con necesidades psicológicas, sociales o existenciales que la acumulación de conocimiento científico no está diseñada para satisfacer.

Esta no pretende ser una explicación definitiva del fenómeno. Las personas pueden llegar a adoptar una misma creencia por motivos muy diferentes. Pero explorar esas posibles motivaciones permite plantear una pregunta distinta: ¿qué buscamos realmente cuando intentamos comprender el mundo que nos rodea?

La desmitificación del cosmos y el peso del abismo

Desde una perspectiva sociológica, el sociólogo Max Weber habló del concepto de desencantamiento del mundo: el proceso por el cual la racionalización y el conocimiento científico sustituyen progresivamente determinadas explicaciones mágicas o trascendentes por relaciones de causa y efecto que pueden ser estudiadas y descritas.

La ciencia puede explicar cómo se forman las estrellas, cómo evolucionan las especies o qué procesos físicos permiten que exista un planeta habitable. Pero explicar un mecanismo no implica necesariamente responder a la pregunta de qué significado tiene para nosotros que ese mecanismo exista.

A medida que las ciencias naturales estudian la posibilidad de que la vida haya surgido mediante procesos químicos naturales en un universo que no parece responder a una finalidad humana, determinadas concepciones sobre un arquitecto o un propósito cósmico pueden verse cuestionadas. Para algunas personas, esta posibilidad puede resultar difícil de asimilar.

Si la existencia no responde a un plan conocido, si no existe una finalidad cósmica demostrable y si nuestra presencia en el universo puede ser el resultado de una larga cadena de acontecimientos naturales, surge una pregunta inevitable:

¿Qué valor tiene entonces lo que construimos durante nuestra propia existencia?

No todas las personas experimentan esta cuestión como una angustia, ni todas las personas que buscan respuestas trascendentes rechazan la ciencia. Pero cabe plantearse si, en determinados casos, algunas creencias alternativas pueden proporcionar una respuesta emocional a preguntas que la ciencia, por su propia naturaleza, no pretende resolver.

Desde esta perspectiva, una representación del mundo en la que la Tierra ocupa una posición especial podría dejar de percibirse únicamente como una afirmación sobre la geometría del planeta y convertirse, para algunas personas, en una forma de recuperar una sensación de orden, centralidad o significado.

La conspiración como escudo emocional

Aceptar que el universo es inmenso, complejo y aparentemente indiferente a nuestro destino puede generar una sensación de desprotección.

Frente a ello, algunas narrativas conspirativas (la idea de que existen grupos organizados que conocen una verdad oculta y deliberadamente la mantienen fuera del alcance de la mayoría) ofrecen una estructura aparentemente ordenada para interpretar acontecimientos que, de otro modo, pueden resultar difíciles de comprender.

Resulta psicológicamente diferente pensar que alguien controla el rumbo de los acontecimientos, aunque sea con intenciones negativas, que asumir que determinados acontecimientos pueden carecer de un responsable o de una finalidad.

Bajo este prisma, una teoría alternativa podría cumplir una función que va más allá de la afirmación concreta que sostiene. El individuo deja de percibirse como un observador insignificante dentro de un universo inmenso para convertirse en alguien que ha descubierto una realidad que otros desconocen.

La identidad cambia. Ya no se trata únicamente de creer que algo es cierto, sino de formar parte de quienes consideran haber descubierto aquello que permanece oculto para los demás.

Esto no demuestra que esa sea la causa del pensamiento conspirativo ni permite explicar a todas las personas que sostienen teorías alternativas. Es simplemente una posible interpretación de una dimensión psicológica que merece ser estudiada.

La comunidad y el sentimiento de pertenencia

Tampoco podemos aislar las creencias de su dimensión social. Las comunidades que se articulan alrededor de determinadas visiones alternativas no comparten únicamente hipótesis sobre la realidad. También pueden proporcionar acompañamiento, un lenguaje común, espacios de encuentro, reconocimiento y una red social en la que sus miembros sienten que sus experiencias son comprendidas.

En una sociedad cada vez más atomizada, determinadas formas de conocimiento técnico pueden resultar distantes para quienes no poseen las herramientas necesarias para comprenderlas. La práctica científica está orientada a estudiar y explicar fenómenos, pero no está diseñada para satisfacer todas las necesidades emocionales, sociales o existenciales de las personas. Una comunidad sí puede hacerlo.

El vínculo que se genera al defender una idea que el entorno mayoritario considera equivocada o incomprensible puede reforzar la identidad de sus miembros. La sensación de pertenecer a un grupo que comparte una determinada interpretación del mundo puede convertirse, en sí misma, en una fuente de seguridad.

Esto tampoco significa que las personas adopten necesariamente una creencia para encontrar compañía. Significa que, una vez formada una comunidad alrededor de una determinada interpretación, el sentimiento de pertenencia puede contribuir a mantener y reforzar esa identidad.

Una reflexión sobre el consuelo: ¿debemos arrebatar el refugio?

Esto nos sitúa ante un dilema ético interesante. Cuando nos encontramos con alguien en mitad de un proceso de duelo, rara vez apelamos únicamente al rigor biológico para desmontar los consuelos, símbolos o rituales que le ayudan a sobrellevar la pérdida. Entendemos intuitivamente que el consuelo puede cumplir una función importante en la protección psicológica de una persona. Pero comprender esa función no significa afirmar que cualquier creencia asociada al consuelo sea verdadera. Podemos reconocer que una idea proporciona tranquilidad sin convertirla automáticamente en una evidencia sobre la realidad.

Algo parecido podría ocurrir con determinadas creencias pseudocientíficas. Cabe plantearse si, en algunos casos, pueden operar parcialmente como una forma de fe secularizada: no necesariamente porque quienes las sostienen sean incapaces de comprender la ciencia, sino porque esas creencias pueden ofrecer respuestas emocionales a preguntas que permanecen abiertas en otros ámbitos de la existencia.

Si el terraplanismo no modifica el funcionamiento de la tecnología que utilizamos diariamente ni altera las predicciones de la física aplicada, quizá su persistencia no deba estudiarse únicamente como un problema de conocimiento científico. Tal vez, en algunos casos, sea también un síntoma de necesidades más profundas. Y ahí aparece una distinción fundamental: comprender por qué una persona cree algo no significa demostrar que aquello que cree sea cierto.

Más allá de la respuesta: escuchar la experiencia

Comprender una creencia no implica asumirla como verdadera. Del mismo modo, cuestionar una afirmación no debería impedirnos escuchar a la persona que la sostiene.

En Llunara queremos abrir ese espacio. Nos interesa conocer las experiencias que han llevado a una persona a desconfiar de una explicación científica, a adoptar una interpretación alternativa del mundo o simplemente a hacerse preguntas que no ha encontrado dónde plantear.

No buscamos convertir esas experiencias en evidencias científicas ni presentar como hechos aquello que no ha sido demostrado. Queremos conocer el recorrido que existe detrás de una creencia. Una experiencia personal puede no demostrar que una teoría sea cierta, pero puede ayudarnos a comprender por qué esa teoría resulta convincente para quien la sostiene.

Por eso, si piensas de manera diferente, puedes escribir en Llunara. Puedes contarnos qué has vivido, qué preguntas te has hecho, qué evidencias crees haber encontrado y qué te llevó hasta tus conclusiones. No necesitas compartir nuestra interpretación para que tu experiencia merezca ser escuchada.

Nuestro compromiso será diferenciar siempre entre experiencia, interpretación, hipótesis y evidencia. Una vivencia personal puede ser valiosa sin convertirse por ello en una prueba científica. Una hipótesis puede ser interesante aunque todavía no haya sido demostrada. Y una afirmación puede ser cuestionada sin que por ello tengamos que descalificar a quien la plantea.

Escuchar no significa validar; cuestionar no significa despreciar.

Quizá una de las mejores formas de comprender el mundo no consiste únicamente en defender nuestras propias respuestas, sino también en intentar comprender por qué otras personas llegaron a las suyas.

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