
Todos nacemos con una determinada base biológica y un temperamento propio, pero nuestra identidad no es un bloque de piedra estático; se construye y transforma a medida que interactuamos con nuestro entorno. Desde muy temprano aprendemos que no nos comportamos exactamente igual frente a un jefe, una pareja, un grupo de amigos o nuestra familia. Cambiamos nuestro lenguaje, nuestras expresiones, aquello que contamos y hasta la forma en que mostramos nuestras emociones dependiendo de quién tenemos delante.
¿Nos convierte esto en personas falsas o deshonestas? En absoluto. Adaptarnos a diferentes situaciones forma parte de nuestra manera de relacionarnos con los demás. El problema aparece cuando esa adaptación deja de consistir en elegir qué parte de nosotros mostramos y empieza a convertirse en la fabricación deliberada de una identidad que no existe.
La necesidad de encajar
Adaptar nuestro comportamiento no es necesariamente hipocresía. Puede ser un mecanismo de adaptación social que nos permite desenvolvernos en diferentes entornos, evitar conflictos, buscar aceptación y proteger nuestra intimidad.
El sociólogo Erving Goffman, en su conocido modelo dramatúrgico desarrollado en La presentación de la persona en la vida cotidiana, planteaba que buena parte de la vida social funciona como una representación. Utilizamos una «fachada» (front stage) cuando nos encontramos ante una determinada audiencia y ajustamos nuestro comportamiento a las expectativas de ese contexto. Cuando esas exigencias disminuyen, podemos pasar a una especie de «tramoya» (back stage), donde nuestra conducta puede ser diferente.
Esto no significa necesariamente que exista una versión completamente falsa y otra completamente auténtica de nosotros mismos. Significa que la forma en que nos presentamos cambia con el contexto. Un profesor puede mostrarse serio durante una clase y bromista con sus amigos. Una persona puede comportarse de manera diferente en una entrevista de trabajo que durante una cena familiar. Alguien puede ocultar sus inseguridades cuando intenta causar una buena impresión a la persona que le gusta.
En todos esos casos seguimos siendo nosotros.
- Seleccionar qué mostrar
- Regular emociones
- Proteger la privacidad
- Potenciar determinadas cualidades
- Adaptar el comportamiento al contexto
- Buscar aceptación
A través de la regulación de nuestras emociones y de nuestra conducta, y mediante procesos relacionados con el self-monitoring, ajustamos la forma en que nos presentamos ante los demás. Observamos las señales sociales que recibimos y adaptamos nuestra respuesta al contexto.
También seleccionamos qué partes de nuestra vida queremos compartir. Podemos destacar nuestras virtudes cuando intentamos causar una buena impresión y reservar determinados aspectos privados cuando no queremos exponerlos. Ocultar determinadas partes de nuestra vida para proteger nuestra intimidad o desenvolvernos en un contexto social no implica necesariamente engañar.
La cuestión, por tanto, no es si utilizamos una máscara. En cierto sentido, todos lo hacemos. La verdadera cuestión es qué hay detrás de ella y hasta dónde estamos dispuestos a modificarla.
La frontera entre adaptación y engaño
Existe una diferencia importante entre decidir qué mostrar y fabricar deliberadamente algo que no somos.
Ocultar la verdad puede ser simplemente un filtro de protección que preserva nuestra intimidad. No estamos obligados a contarle nuestra vida completa a todas las personas que conocemos.
Fabricar una mentira, en cambio, implica introducir deliberadamente información falsa: inventar conocimientos que no tenemos, atribuirnos un estatus que nunca hemos tenido, exagerar nuestras capacidades o construir un pasado ficticio para provocar una determinada reacción en los demás.
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente el significado de nuestra conducta. Cuando una persona selecciona qué aspectos de sí misma quiere mostrar, sigue presentando diferentes facetas de su identidad. Cuando empieza a inventar sistemáticamente aquello que los demás creen que es, aparece algo diferente: un personaje construido sobre el engaño.
Y cuanto más se aleja ese personaje de la persona que realmente existe, más difícil puede resultar mantenerlo.
Cuando la máscara se convierte en un producto
Esta transformación resulta especialmente visible en la era de las redes sociales. Una persona puede seleccionar las fotografías en las que aparece mejor, mostrar únicamente determinados momentos de su vida, hablar de sus éxitos y no publicar sus fracasos. Eso, por sí mismo, no significa que esté mintiendo. Las redes sociales son una representación parcial de nuestra vida y nadie está obligado a publicar absolutamente todo lo que le ocurre.
El problema comienza cuando esa selección deja de ser una representación parcial y se convierte en una identidad fabricada. Un supuesto experto puede inventar conocimientos que no posee. Alguien puede fingir tener un determinado nivel económico. Una persona puede construir una trayectoria profesional inexistente o atribuirse experiencias que nunca ha vivido. Con el tiempo, la persona deja de presentar una versión seleccionada de sí misma y comienza a vender un personaje. La identidad se convierte entonces en un producto de marketing. El personaje necesita seguidores, reconocimiento y aprobación. Cada nueva mentira obliga a mantener las anteriores y cada contradicción amenaza con revelar aquello que existe detrás de la imagen construida.
La paradoja es que cuanto más éxito obtiene esa identidad ficticia, más difícil puede resultar abandonarla.
El coste psicológico de mantener una identidad ficticia
Mentir de manera puntual y construir una identidad ficticia permanente no son exactamente lo mismo.
Una persona puede exagerar ocasionalmente sus capacidades sin construir por ello una personalidad completamente falsa. También podemos sobrevalorar nuestras propias habilidades sin tener intención consciente de engañar a nadie. La situación cambia cuando existe una identidad ficticia que debe mantenerse continuamente frente a diferentes personas.
Mantener una mentira puede aumentar la carga cognitiva: además de recordar los hechos reales, la persona tiene que mantener coherente la información que ha proporcionado y adaptarla a las distintas conversaciones. Cuantas más personas conozcan una versión diferente de la historia, más información hay que recordar para evitar contradicciones.
A esto puede añadirse el miedo a ser descubierto. La preocupación constante por mantener una determinada imagen puede generar estrés, incertidumbre y una creciente distancia entre la persona que creemos ser y la que mostramos ante los demás. Esta tensión también puede relacionarse con conceptos centrales de la psicología humanista de Carl Rogers, especialmente con la relación entre nuestro autoconcepto, nuestras experiencias y la imagen de la persona que creemos que deberíamos llegar a ser.
Cuando la distancia entre ambos mundos se hace demasiado grande, mantener la máscara puede convertirse en una tarea permanente. La persona ya no solamente tiene que vivir su propia vida. También tiene que recordar qué versión de esa vida ha presentado ante cada persona.
La verdad como liberación
El camino hacia una relación más sana con nuestra propia identidad exige perder el miedo a la no aceptación.
Si alguien rechaza nuestra realidad, la respuesta no tiene por qué ser modificar continuamente nuestra personalidad para conseguir su aprobación. Tampoco necesitamos inventar un personaje que resulte más atractivo para los demás. Ser sincero con nuestro entorno (sin renunciar al derecho a mantener nuestra intimidad) permite reducir la distancia entre lo que somos y lo que mostramos.
La autenticidad tampoco significa contar absolutamente todo. Podemos mantener secretos, reservar experiencias personales y adaptar nuestro comportamiento a cada situación sin dejar de ser nosotros mismos. La diferencia está en que adaptarse significa decidir qué parte de nosotros mostramos; engañar significa inventar aquello que los demás creen que somos.
No utilizamos una máscara porque necesariamente seamos falsos. La utilizamos porque vivimos en sociedad. El problema aparece cuando dejamos de utilizarla para adaptarnos y empezamos a utilizarla para fabricar una identidad que no existe.
