
Hay un momento de la tarde, justo cuando el calor de la siesta empieza a ceder y la luz se vuelve limpia sobre las paredes de cal, en el que esta ciudad parece detenerse. Me he sentado en el patio, en mi como yo le digo «silla de reflexión». El respirar aire profundo y darle gracias a Dios por estar un día más aquí siempre consiguen calmarme el pecho, incluso hoy, que me quema por dentro esa mezcla tan rara de rabia, miedo y un orgullo terco que me sale de muy adentro.
Tengo veinticuatro años y a veces siento que he pasado la mitad de ellos pidiendo perdón por ser como soy.
Desde muy niña sentía que era diferente al resto en todo (forma de pensar, gustos, mentalidad, etc) además de ello se sumaba que honestamente siempre he sido una chica que destacaba mucho, y por ello he vivido demasiadas cosas que son de película tanto en el sentido positivo como en el negativo, y muchas de esas cosas me han dejado cicatrices que han construido para bien o para mal la Claudia que soy ahora.
Mil veces me han dado ganas de huir, de tirarlo todo por la borda por tanto daño causado hacia mí por simplemente ser yo. Eso ocasionaba que constantemente me preguntase “¿Y si es que el problema soy yo?”, pero no, ojalá decir que es eso y así terminamos antes, pero a veces las personas son demasiado injustas y envidiosas, y son capaz de todo por verte mal, hacer que sufras y de que llegues al punto que dudes de tí tú mismo (que me lo digan a mí). A pesar de absolutamente todo aquí sigo, y teniendo claro en que hay que huir hacia delante.
Por eso escribo esto hoy. No para venderle nada a nadie. Lo escribo para mí, para la Claudia de hoy que todavía duda a veces, y para la que vendrá dentro de diez años y quizás sonría al leer esto.
Me he negado a encajar en los moldes de los demás. Reniego del juicio ajeno y en esa manía que tiene la gente de exigir un certificado de autenticidad para cada emoción. Si un astrónomo quiere explicarme con matemáticas perfectas cómo se forma una nebulosa, me parece fascinante. Pero si alguien me cuenta que mirar al cielo y leer su signo le salvó la vida en una noche oscura porque le dio esperanza, ¿quién soy yo para decirle que eso no vale? ¿Quién tiene el valor de decirle a otro cómo tiene que dolerle la vida o cómo tiene que curársela?
Nadie. Podemos explicar cómo funciona el universo sin burlarnos de quien encuentra esperanza mirando al cielo.
Por eso he decidido levantar este sitio. Lo he llamado Llunara.
No quiero que sea un periódico, ni una enciclopedia, ni una tribuna para ver quién sabe más o quién lleva la razón. Quiero que sea un refugio. Un portal de madera gorda, de los de aquí, donde al cruzar el umbral el ruido de la calle se apaga. Un lugar donde un cristiano y un musulmán puedan sentarse en la misma mesa a contar cómo vivieron sus ancestros la misma historia, sin pedirse cuentas. Un rincón para los códigos secretos, para los misterios, para las estrellas, pero sobre todo para las personas y su manera única de percibir la vida.
A este rincón de la web donde todos podrán alzar la voz lo llamaré Archivo Estelar. Yo misma iré dejando notas de lo que me inquieta: astrología, psicología, historia, ciencia, las noticias que me conmueven o las simples dudas que me asaltan una noche cualquiera.
No sé quién va a leer esto. A lo mejor al principio no lo lee nadie, y me da igual. Esto no es un discurso para una multitud; es una puerta abierta. Quien quiera entrar, que entre, se sirva un té caliente y se siente a hablar sin miedo a que le digan que lo que siente es una tontería. Y si con el tiempo somos muchos los que no encajamos en la rigidez de fuera, ya buscaremos la forma de llevar un símbolo encima, algo nuestro, para cruzarnos por la calle, mirarnos a los ojos y saber que somos parte de Llunara.
A la Claudia del futuro le digo: no cambies. Sigue rezando, sigue siendo de corazón puro, sigue mirando a las estrellas, sigue siendo tú y no permitas jamás que nadie te vuelva a hacer pequeñita para caber en su mundo.
Llunara empieza hoy, es mía, y de quien la necesite.
